lunes, 25 de octubre de 2010
domingo, 24 de octubre de 2010
De Kuna Yala a Cartagena
Hay momentos en que el contacto total con un elemento natural me abstrae del tiempo. Frente al mar, apoyada en el palo del foque puedo tener nuevamente 19, 27, 33 o 46 años, como cuando en la montaña de repente el aire me destapa los pulmones en un esfuerzo que no siempre estoy dispuesta a enfrentar. El placer del cuerpo: placer de movimiento y de quietud, placer solitario que sólo, de repente, algún acompañamiento muy íntimo puede subrayar.
Helena se ha acercado, me roza con los labios un hombro y se va. Plenitud. El sol ha surgido por detrás de una de las más de 360 islas del Archipiélago de San Blas, en la tierra autónoma del pueblo kuna –Kuna Yala- y el catamarán en que viajamos ha dejado Chichimé, cruzado frente al puesto que en la década de 1920 los panameños intentaron imponer para el “control nacional de un pueblo bárbaro e incivilizado” –El Porvenir, un nombre que de por sí solo era un programa de desarrollismo nacionalista- y frente a varias islas donde tres o cuatro familias viven en casas de palma hasta que, dos veces al año, se reúnen en el Congreso Kuna o si muchas niñas crecen se van de fiesta para santificar la pubertad de una muchacha.
El destino de nuestra travesía por el archipiélago es Maokí, también conocida como Cayos Holandeses, uno de esos atolones donde en los siglos pasados los kunas firmaron sus volátiles pactos con algunas de las potencias piratas con quienes diplomáticamente apuntalaban su autodefensa de los españoles. Hermosa isla en su atuendo de cocotales.
Desde hace unos tres meses el Congreso Kuna reunido en Cartí ha prohibido la venta y el consumo de cervezas en Kuna Yala. Lo han pensado bien. Si los narcos colombianos hacen llegar pacas de coca a las playas de Kuna Yala para atraer a los muchachos a sus redes, la resistencia kuna, que siempre ha sido una resistencia contra toda infiltración extranjera, misma que amenaza a los dos tesoro del mundo, la madre Tierra y las Mujeres, la resistencia kuna, pues, va a impedir el consumo de cerveza que acompaña el placer de la coca. Sin cerveza la coca no sirve, los muchachos no la recogerán, la cultura va a estar a salvo de traficantes, asesinos, violadores y taladores, es decir de los extranjeros. Los Kunas han reaccionado siempre así. El derramamiento de sangre no les gusta, la sangre de las heridas contamina la tierra, las personas y las vidas. Recurren a un levantamiento en armas sólo si no les queda otra opción. Prefieren no oír, desobedecer sistemáticamente, desconocer al mundo waga, extranjero, blanco. Intentan en un primer momento que toda imposición que venga de fuera se muera por inanición, por no utilización, por rechazo. Así a principios del siglo XX, antes de levantarse en armas en 1925, intentaron no ir a la escuela, pisotear la bandera panameña y bajarla de los palos, no saludar al presidente cuando fue a verlos, negarse al español. Pero cuando Panamá les impuso la música de fox trot, la escuela primaria, un vestido, intentó civilizarlos quitándoles las narigueras y los adornos de brazos y piernas a las mujeres y validando los matrimonios mixtos, no les quedó de otra que matar a todos los intrusos.
Celosas de sus costumbres, las mujeres kunas no hablan fácilmente con las extranjeras. Me voy a ir, quién soy para ellas. Tienen razón, qué ganarían de interactuar conmigo. Pero tampoco me corren, puedo estar sentada a su lado mientras cosen sus molas, bordados de superposición de telas que se traducen literalmente como “vestido” y que constituyen la parte central de sus blusas. Les miro sus hermosas narigueras de oro. El oro está en la madre tierra, es su parte resplandeciente, así puede estar en el cuerpo del ser humano para hacerlo resplandecer. Las veo arreglarse el corto pelo muy negro y hablarse despacio en su lengua de fuerte consonantes. De vez en cuando me dicen algo, que a las mujeres les gusta el pelo corto, que las mujeres aman a sus hijos, que las muchachas como mi hija son un tesoro, que por qué he tenido una sola hija si las hijas son la riqueza de sus padres.
En efecto, me entero después, los hombres son escogidos por las madres y los padres con base en su fuerza y capacidad de trabajo, pactados con las hijas y atraídos hacia el matrimonio para que los padres de las niñas, con los que la pareja va a convivir por muchos años, puedan aprovechar su fuerza y destreza en la pesca o el trabajo agrícola. ¿No que el trabajo es la base de la riqueza? Aquí lo saben desde antes de Marx: no son los bienes acumulables, los que construyen el capital: es el trabajo humano.
Luego una mujer llamada Lisa, que usa el pelo más largo que las demás, se levanta y nos prepara un rico arroz de coco y un pescado en las brazas, ligeramente ahumado. Se ríe cuando le digo que no como animales muertos. Dice que sólo el pelícano y el cuervo son carnes prohibidas para los kunas. Vegetariana, deletrea, como si mis costumbres alimentarias pertenecieran a una tribu desconocida, extranjera, que no le interesa conocer. Lisa habla muy bien español, es comerciante, cose unas molas hermosas con peces, tortugas -esa Helena la compra de inmediato, tiene pasión por las tortugas-, símbolos de agua y viento, diversos tipos de pájaros, en particular colibríes. Me cuenta muchas cosas, por ejemplo que ella es hija de una familia que no tuvo hijas y que, por lo tanto, al nacer como último hijo su madre y su padre, como es costumbre dada la alta valoración del trabajo femenino y el valor económico de las mujeres como atracción de manos de trabajo, la educaron para ser la mejor de las bordadoras. No se sabe el nombre de su género, pero me recordó mucho a las mushes zapotecas del Istmo de Tehuantepec. Es una mujer feliz. Nos fuimos a bañar en la parte posterior de la isla de Chichimé, donde el agua es bajita y no le da miedo meterse a la mar. Lisa ahora es una dirigente política, encargada de llamar a reunión a los hombres y mujeres de las demás islas cuando se reúne el Congreso Kuna. Ahora que estoy navegando, recuerdo su fuerza, su risa y sus dientes muy blancos.
Los Kunas se caracterizan por dos cosas: no son amigables sin ser agresivos, pues no se interesan en los extranjeros tanto como no quieren que los extranjeros se interesen en ellos, y son políticamente muy finos al apegarse a tradiciones que cambian exclusivamente para su provecho propio. Si eso significa prohibir a todo mundo el consumo de alcohol, así lo hacen. ¿Quieren navegar por nuestras islas? Pues acaten nuestras reglas. Por supuesto ningún extranjero puede construir una sola casa en Kuna Yala. De tal modo el turismo no deja de ser un hecho local: barcos de vela que van y vienen entre sus múltiples barreras coralinas –por lo tanto ningún crucero grande, puesto que las aguas van de un máximo de 57 metros a un mínimo de pocos centímetros de profundidad- y pocos turistas de todo el mundo que duermen en cabañas y se bañan en duchas cerca de pozos (no en todas las islas) que son propiedad de alguna familia de tejedoras y pescadores.
La verdad es que vivir seis días sin alcohol es delicioso. Eso es lo que nunca entendí de mis colegas en México. ¿Por qué la gente cuando va a la playa piensa en comida y en cerveza en lugar de gozarse el mar y los pasos sobre la arena, las brazadas en el mar? De las pocas cosas que no hago con placer en compañía de mis colegas (académicas y feministas en eso son iguales, excluyendo a los y las ecologistas), en efecto, es ir a la playa. Hasta las montañistas mexicanas son más cuidadosas con la naturaleza, la saben ver y apreciar más, gozar hasta el fondo, que las tontas y tontos bañistas. Por ejemplo, odio comer cosas grasosas cuando estoy en el calor y sentir la panza hinchada por la cerveza cuando estoy por entrar al agua. Amo la ligereza del mar.
Nuestro capitán es colombiano, Fabián Arcila de Sailing Koala ( www.sailingkoala.com ) Su barco es la African Queen y trabaja con un muchachito de Cartagena que es un amor. El habla de la mar como de una amante y una salvadora. La cuida. Es capaz de tirarse a nadar si un plástico se le cae por descuido al agua. Lanza las sobras de la comida por la borda y nos invita a mirar como los peces llegan a comérsela. Si tenemos suerte, llegan delfines y bailan a nuestro alrededor. La mar puede salvarnos de la neurosis urbana, de las prisas y las peleas por la fama, el reconocimiento, los dos pesos de más. Pero el mar también nos aísla de cualquier problemática social, para bien o para mal. El mar nos mete o nos saca del alcohol y la coca. El mar nos cura de todo mal o nos ahoga.
Sailing Koala va una vez al mes de San Blas a Cartagena y de Cartagena a San Blas. Por 400 dólares Fabián Arcila te pasea por las islas 5 días, te presenta a sus amigas y amigos kunas, te deja hacer lo que quieres por los pueblos que puedes alcanzar remando y dormir y comer en su velero antes de levantar las velas y llevarte en 36-40 horas de navegación a Cartagena (bueno, si el viento está en contra la African Queen, que es un cómodo y estable catamarán, puede tardarse 80 horas, pero tenemos suerte y la briza empuja hacia el sur).
Los kunas son maestros a través del canto. Como Platón, sus hombres y mujeres de saber reúnen a quien quiera escucharlos cantar sus metáforas y sus historias para ser interpretadas en un lugar público, abierto a todos. Y se pasan las noches escuchando las respuestas de quien antes los ha escuchado. Los maestros son en ocasiones dirigentes políticos, sailas y, con un rango un poco inferior por edad o conocimientos, argan. Los sailas son los que representan a su pueblo en los congresos kunas, pero no pueden tomar ninguna decisión si las mujeres y los hombres de las comunidades isleñas no concuerdan con él. Desde hace unos diez años hay mujeres sailas y no sólo curanderas y videntes.
Para tener este lugar que es de maestro/a, cantador/a y dirigente político/a, las kunas discutieron con otras mujeres y hombres cantando y escuchando y llegaron a la conclusión de que quieren representarse por sí solas, aunque no les tengan ningún reclamo a sus hombres, que por siglos les han dicho que la Madre Tierra y las Mujeres deben ser protegidas de la minería, los diques, la tala, así como de la violación y el abuso. Hombres monógamos, viajeros, dulces con ellas e irreducibles combatientes por su libertad y autonomía. Ahora quieren protegerse solas. Les gusta su vida, su estar en las casas cosiendo; pero también les gusta aprender y para hacerlo, de vez en cuando, hay que ir a estudiar lejos para luego volver. Eso es algo que a los hombres kunas más tradicionalistas les daba mucho miedo permitir, así que los sailas les impedían la libertad de movimiento para protegerlas: nadie quiere ser protegida hasta no poder hacer lo que quiere. Hay mujeres que se han preparado en escuelas y universidades de Panamá y Colombia, pero todas han vuelto. Por lo general, no gustan de casarse con extranjeros. Pocas, muy pocas lo han hecho. Nadie lo recomienda. Sin embargo hubo sailas que ya a principios del siglo XX reconocieron ser hijos de hombres latinoamericanos. Claro, no de madres extranjeras: ser kuna es cosa de tener madre kuna y haber sido educado por mujeres kunas.
Las y los kunas nunca se han convertido al catolicismo. ¿Quién iba a tolerar una religión que les prometía el fuego del infierno y los obligaba a no tomar en cuenta la palabra de las mujeres? El infierno es para ustedes, los extranjeros que creen en él, le dijo un saila al último de los misioneros católicos del siglo XX, un jesuita que desembarcó en Narganá en 1912, el padre Gassó. A los tele –la gente, en lengua kuna- el Gran Padre nos ha dado en regalo lo más hermoso que tenía, su esposa, la Madre Tierra, la Gran Madre.
La mar es la leche de la madre tierra. Nos alimenta, nos cura, mantiene lejos los malos espíritus (los sobrenaturales así como a los y las extranjeras). Nunca hay que hacerla enojar, nunca hay que maltratarla. La mar es como el trino de los pájaros, la leche de la Madre Tierra, la esposa que el Gran Padre nos dio desprendiéndose de ella, un regalo que debemos agradecer todos los días.
Y luego…
Salimos al anochecer. La luna está llena, blanca, tiñe de plata el canal entre las islas y la tierra firme que recorremos para salir a mar abierta. La briza empuja el foque a 8 nudos. La mar canta. La miro, siempre le he tenido miedo y fascinación a la vez. La mar enseña a aprender la confianza, no hay posibilidad de estar segura de ella de antemano. La mar es de una belleza que no tiene comparación y bañada por la luna es la leche de la Madre Tierra que se derrama para curarnos, enseñarnos, llenarnos de belleza y tiempo lento. Claro, la mar también se cobra vidas: hace cinco días ahogó a un muchachito kuna cuyo calzón quedó atrapado en los corales cuando iba a pescar.
Navegamos 36 horas. A la una de la mañana había terminado mi turno de guardia y desperté después de dormir unas tres horas. Las luces de enormes edificios blancos sobre el mar se reflejaban junto con la luz de la luna en la entrada de la boca de Cartagena. Una ciudad nueva, de rascacielos estilizados y lofts de la ola fancy de moda arquitectónica que desde hace unos 8 años impera en toda América Latina (un estilo de vacíos muy caros) se yerguen en las afueras del casco de la antigua Cartagena de Indias construida en 1533 por Heredia y tres veces invadida por piratas en menos de 50 años.
domingo, 17 de octubre de 2010
Entre Salgari y Johnny Depp
Eso de haber crecido entre historias de piratas, contadas, leídas, vistas en películas; saberse diálogos enteros de los corsarios cuando se enamoran o van a asaltar el barco del horrible comodoro que los persigue, retener nombres de lugares como mitos: Portobelo, Bocas del Toro, y luego caminar por las calles del Casco Viejo de Panamá, mirar el otro lado de la bahía y creer que bien puede ser Shangai cuando en realidad es Panhattan...
A tres cuadras del hostal, un bus pintado con figuras metafísicas (watever it means), al caer la noche, se para entre gritos de pasajeros. Un taxi se le para al lado, baja el chofer, deja las puertas abiertas. De repente un chavito se escapa del bus. Es flaco, tiene piernas largas, corre. Un panzón se baja, saca una pistola, tira al aire. Otro hombre lo alcanza. Grita, dice que hizo bien en disparar, ojalá lo hubiera matado al ldronzuelo desgraciado. Bajan más tipos. El griterío crece en intensidad, se convierte en algo enorme. El muchachito vuelve con un bate de beis, golpea un faro del bus, lo persiguen los pasajeros airados. Poco a poco todo cae en la calma. No pasa nada, no pasa nada. Es que intentaron robarle a una señora que se dio cuenta, gritó, y todos quisieron linchar al ladroncillo, me explica un muchachito.
Un policía llega en moto, dispersa a todos, váyanse, váyanse. Nos explica que lo que acabamos de ver es normal, sucede a cada rato, no debemos preocuparnos. La verdad es que no nos preocupamos ni nos asustamos: el teatro le ganó a la sensación de peligro.
Luego nos vamos a cenar.
La mañana después descubrimos que tenemos algo de dinero. La cámara de Helena: no tenemos dudas. Cámara que ahora tiene nombre -Axa- y un lugarcito en el corazón de esta fotógrafa profesional que se hace en el camino.
Finalmente aparece Urania Ungo. Acaba de volver de Barcelona. Corremos a su casa. Ay, de mi amiguita, siempre tan brillante!!! Hablamos y hablamos y hablamos. Para la dos hacer filosofía es hacer algo. Helena nos saca fotos, con tan mala suerte que a la hora de pasarlas a la computadora de Ura un virus le pega a la tarjeta y las cancela todas.
Por las calles, en cualquier momento podrían aparecen el Corsario Verde, el Rojo o el Negro. En realidad, yo preferiría ver a Johnny Depp. No, me equivoqué: el Verde. No, mejor su abuelita.
sábado, 16 de octubre de 2010
Nicaragua y Panamá (algunas fotos)
En la frontera con Nicaragua
Daniel Ortega, hoy un oligarca de clan familiar
con vínculos con terratenientes y altas jerarquías eclesiales
con vínculos con terratenientes y altas jerarquías eclesiales
Para Bocas del Toro, Panamá
Isla Colón, Panamá
viernes, 15 de octubre de 2010
jueves, 14 de octubre de 2010
Isleando por Panamá
14 de octubre de 2010
Nos hemos subido a un barquito después de haber intentado vanamente entablar una relación con las mujeres Ngöbe que, desde el centro de Panamá se han empujado al norte y hoy viven de un lado y otro de las riberas del Sexaola. Ellas esperan a sus maridos fuera de las cantinas donde los hombres se acaban los salarios de toda la familia en alcohol.
De la ribera de los ríos, nos hemos subido a un barquito para adentrarnos en el Archipiélago de Bocas del Toro. Aquí llegó Cristobal Colón en su cuarto viaje y los poblados e islitas nos lo recuerdan con sus nombres: Almirante, Isla Colón, Isla Cristobal....
Ir a snorkelear por los corales o a espiar delfines en las bahías nos parecen opciones al trabajo muy dignas de tomarse en cuenta. Eso sí, no se bañen donde los delfines se acercan en masa para jugar con ustedes. Ellos son muy lindos, pero están en la bahía porque ahí se encuentra su postre favorito: esas medusas o aguas malas que irritan sobremanera la piel de quien entra en contacto con ellas.
La increible y hermosa fuerza de las mujeres bri bri, su alma amazónica, su machete cortando flores o sembrando las milpas, los bananos, la construcción han dado paso al pueblo que vive al lado de sus tierras y que habla otra lengua del mismo grupo chibcha, el pueblo ngöbe.
Las ngöbe no se parecen a sus vecinas. No sólo porque usan un hermoso y bordado traje dizque tradicional bordado en la franja inferior y en las mangas, en realidad una falda y una blusa impuestas por una evangelización iniciada hace 400 años por los franciscanos, que les da un aire sumiso y recatado. No se les parecen porque no sienten mucho orgullo y alegría por ser mujeres.
En pocas culturas como en ésta es tan abierta y visible la práctica de intercambiar entre hombres a las mujeres allegadas como bienes necesarios para la constitución de un sistema matrimonial de privilegios masculinos.
En Nuestramérica existen alrededor de 670 pueblos originarios a los que pertenecen uno 35 millones de mujeres y hombres. Eso significa que hay por lo menos estructurados 670 sistemas de sexo-género. Si bien, a la larga, todos han asumido características misóginas aprendidas de la cultura hispánica, en particular a través de la evangelización cristiana que ha impuesto la filiación patrilineal y las ideas de virginidad y fidelidad de las mujeres, en algunas sobrevivien elementos más antiguos, que hacen que la vida de las mujeres cambie drásticamente entre los pueblos que tenían una alta valoración de las mujeres y aquellos que sólo las consideran bienes de intercambio.
Entre las mujeres Ngöbes, también conocidas como Guaymies, las relaciones de parentesco ritual se sostienen en el matrimonio poligámico.
La Ngobe es la única comunidad indígena que conocimos que practica la poligamia. Cada hombre adulto tiene dos, tres o más mujeres. Si alguno se ha casado con una sola, es por pobre y por no ser dotado para trabajar, ya que un hombre se casa con las mujeres que puede mantener. Por supuesto, a los caciques esto les gusta mucho...
Para los hombres ngobe, la poligamia es la forma ideal de matrimonio, pues se vincula con su status social y económico. Un hombre con varias esposas es considerado próspero y de gran calidad social.
Su primer matrimonio es por lo general fruto de una relación de intercambio de hijas casaderas que su padre entabla con otra familia.
Los padres de cada familia aceptan intercambiar a sus hijas para que se casen con los hijos de la familia recíproca. Un hombre cuyo hijo ha cumplido veinte años, se acerca a otro jefe de familia ngobe o guaymí a pedirle una hija como esposa para el suyo; la aceptación involucra su disposición a otorgar una de sus hijas en matrimonio una vez pasada la pubertad.
Las esposas subsiguientes, por el contrario, un hombre las consigue ya en la madurez, ofreciendo una hermana u otro miembro femenino del lado materno (una prima o una tía joven) de su familia al sistema de intercambio. El compromiso se formaliza con regalos y relaciones parentales o de amistad entre las familias. Entre el hombre y su esposa más reciente puede haber una gran diferencia de edad, lo cual se traduce a veces en divorcio.
Al pasar los años, los hombres haciendo uso de las prácticas poligámicas, comienzan a buscar niñas más jóvenes para que sean las que lo acompañen en su vejez y sustituyan a las mujeres mayores, a las que desplazan cuando envejecen.
Al morir un hombre con una o varias esposas más jóvenes, su hermano u otro miembro masculino de la familia las hereda. Las mujeres deben aceptar esto y servir al heredero como si fuera el marido inicial.
Las mujeres que componen como esposas una familia poligámica, pueden llegar a tener buenas relaciones entre sí, apoyándose en las labores y en la crianza de los hijos, como competir y llevarse muy mal. Si el marido es rico, tiene varios ranchos para cobijar a sus respectivas mujeres y respectivos hijos; si no lo es, dos o tres esposas comparten la misma vivienda con el esposo y los hijos. La mujer mayor ejerce autoridad sobre las otras y dirige la labor conjunta de todas ellas.
Las amigas de la Universidad de Costa Rica me han contado que algunas mujeres se sienten molestas con el sistema de poligamia; conmigo las ngobe no quieren cruzar palabra. Sólo me dicen que esperan a su marido. Están fuera de una cantina donde varios hombres beben y hablan pocas palabras entre sí. Si lo hacen en español, lo cual es raro, me entero que platican algo de sus hijos. Nada más. Si yo formulo una pregunta directa, bajan la cabeza y se encierran en el mutismo, jalando a los hijos a su alrededor. Es Mónica Quirós la que me ha contado que la queja más recurrente es porque, a veces, el hombre abandona a la mujer por una mujer más nueva y la deja con una carga de niños. Además se dan frecuentes peleas cuando una mujer no quiere compartir al marido con otra mujer, volviendose enemiga de la otra. Esgrimen miedo a contagio de enfermedades sexuales así como su derecho al divorcio.
La mujerngobe que se divorcia debe salir de la casa, llevarse a los niños y volver a entrar en las dinámicas del intercambio familiar, facilitando que varios hombres sean polígamos temporalmente.
Yo insisto en preguntarles qué están haciendo. Ellas vuelven a negarse a mis preguntas. Quizá les teman a sus maridos, puede ser que lamentarse de la violencia económica y la sumisión sea una traición mayor que ponerles los cuernos.
Sin embargo, hay algo, algo: un gesto de placer, una sonrisa de bienestar, que siempre me ha sorprendido en los rostros de las mujeres enamoradas. No importa si sometidas como las ngöbe, si atrevidas como las bri bri, si religiosas como las menonitas, si acostumbradas a la obedieciencia como la mayoría de las mestizas, cuando una pareja se encuentra abrazada, las mujeres aparentan una felicidad tan grande como los hombres.
Sé que el amor romántico es una trampa, que la mayoría de las veces cuando una mujer se enamora termina pagando un alto precio por la expresión de su deseo de ser amada, y que no hay una caricia pública que perdure, no obstante, en todas las culturas americanas, originarias o transplantadas, la manifestación del cariño inicial en las parejas heterosexuales, es un acto permitido, recurrente, que revela un placer que trasciende (o incluye a todas) las construcciones de los sistemas de género
Hoy volví ver ese algo en el bus que nos llevaba de Almirante a David.
Una pareja ngöbe iba sentada detrás de nosotras, estaban abrazados: en el rostro de la mujer se leía una serenidad sin miedo, un placer de estar cerca del hombre, de fundirse en un abrazo con él que se parecía muchísimo a la cara de ensoñación de él. ¿Ese algo sólo existía porque ambos conocían las reglas de su cultura y su abrazo no las ponían en juego? A final de cuentas, toda heterosexualidad se encuentra normativizada. ¿O hay en la expresión amorosa un algo que trasciende la construcción de género?
Mejor renunciamos a investigarlo y nos tomamos otro día de vacaciones.
Nos hemos subido a un barquito después de haber intentado vanamente entablar una relación con las mujeres Ngöbe que, desde el centro de Panamá se han empujado al norte y hoy viven de un lado y otro de las riberas del Sexaola. Ellas esperan a sus maridos fuera de las cantinas donde los hombres se acaban los salarios de toda la familia en alcohol.
De la ribera de los ríos, nos hemos subido a un barquito para adentrarnos en el Archipiélago de Bocas del Toro. Aquí llegó Cristobal Colón en su cuarto viaje y los poblados e islitas nos lo recuerdan con sus nombres: Almirante, Isla Colón, Isla Cristobal....
Ir a snorkelear por los corales o a espiar delfines en las bahías nos parecen opciones al trabajo muy dignas de tomarse en cuenta. Eso sí, no se bañen donde los delfines se acercan en masa para jugar con ustedes. Ellos son muy lindos, pero están en la bahía porque ahí se encuentra su postre favorito: esas medusas o aguas malas que irritan sobremanera la piel de quien entra en contacto con ellas.
La increible y hermosa fuerza de las mujeres bri bri, su alma amazónica, su machete cortando flores o sembrando las milpas, los bananos, la construcción han dado paso al pueblo que vive al lado de sus tierras y que habla otra lengua del mismo grupo chibcha, el pueblo ngöbe.
Las ngöbe no se parecen a sus vecinas. No sólo porque usan un hermoso y bordado traje dizque tradicional bordado en la franja inferior y en las mangas, en realidad una falda y una blusa impuestas por una evangelización iniciada hace 400 años por los franciscanos, que les da un aire sumiso y recatado. No se les parecen porque no sienten mucho orgullo y alegría por ser mujeres.
En pocas culturas como en ésta es tan abierta y visible la práctica de intercambiar entre hombres a las mujeres allegadas como bienes necesarios para la constitución de un sistema matrimonial de privilegios masculinos.
En Nuestramérica existen alrededor de 670 pueblos originarios a los que pertenecen uno 35 millones de mujeres y hombres. Eso significa que hay por lo menos estructurados 670 sistemas de sexo-género. Si bien, a la larga, todos han asumido características misóginas aprendidas de la cultura hispánica, en particular a través de la evangelización cristiana que ha impuesto la filiación patrilineal y las ideas de virginidad y fidelidad de las mujeres, en algunas sobrevivien elementos más antiguos, que hacen que la vida de las mujeres cambie drásticamente entre los pueblos que tenían una alta valoración de las mujeres y aquellos que sólo las consideran bienes de intercambio.
Entre las mujeres Ngöbes, también conocidas como Guaymies, las relaciones de parentesco ritual se sostienen en el matrimonio poligámico.
La Ngobe es la única comunidad indígena que conocimos que practica la poligamia. Cada hombre adulto tiene dos, tres o más mujeres. Si alguno se ha casado con una sola, es por pobre y por no ser dotado para trabajar, ya que un hombre se casa con las mujeres que puede mantener. Por supuesto, a los caciques esto les gusta mucho...
Para los hombres ngobe, la poligamia es la forma ideal de matrimonio, pues se vincula con su status social y económico. Un hombre con varias esposas es considerado próspero y de gran calidad social.
Su primer matrimonio es por lo general fruto de una relación de intercambio de hijas casaderas que su padre entabla con otra familia.
Los padres de cada familia aceptan intercambiar a sus hijas para que se casen con los hijos de la familia recíproca. Un hombre cuyo hijo ha cumplido veinte años, se acerca a otro jefe de familia ngobe o guaymí a pedirle una hija como esposa para el suyo; la aceptación involucra su disposición a otorgar una de sus hijas en matrimonio una vez pasada la pubertad.
Las esposas subsiguientes, por el contrario, un hombre las consigue ya en la madurez, ofreciendo una hermana u otro miembro femenino del lado materno (una prima o una tía joven) de su familia al sistema de intercambio. El compromiso se formaliza con regalos y relaciones parentales o de amistad entre las familias. Entre el hombre y su esposa más reciente puede haber una gran diferencia de edad, lo cual se traduce a veces en divorcio.
Al pasar los años, los hombres haciendo uso de las prácticas poligámicas, comienzan a buscar niñas más jóvenes para que sean las que lo acompañen en su vejez y sustituyan a las mujeres mayores, a las que desplazan cuando envejecen.
Al morir un hombre con una o varias esposas más jóvenes, su hermano u otro miembro masculino de la familia las hereda. Las mujeres deben aceptar esto y servir al heredero como si fuera el marido inicial.
Las mujeres que componen como esposas una familia poligámica, pueden llegar a tener buenas relaciones entre sí, apoyándose en las labores y en la crianza de los hijos, como competir y llevarse muy mal. Si el marido es rico, tiene varios ranchos para cobijar a sus respectivas mujeres y respectivos hijos; si no lo es, dos o tres esposas comparten la misma vivienda con el esposo y los hijos. La mujer mayor ejerce autoridad sobre las otras y dirige la labor conjunta de todas ellas.
Las amigas de la Universidad de Costa Rica me han contado que algunas mujeres se sienten molestas con el sistema de poligamia; conmigo las ngobe no quieren cruzar palabra. Sólo me dicen que esperan a su marido. Están fuera de una cantina donde varios hombres beben y hablan pocas palabras entre sí. Si lo hacen en español, lo cual es raro, me entero que platican algo de sus hijos. Nada más. Si yo formulo una pregunta directa, bajan la cabeza y se encierran en el mutismo, jalando a los hijos a su alrededor. Es Mónica Quirós la que me ha contado que la queja más recurrente es porque, a veces, el hombre abandona a la mujer por una mujer más nueva y la deja con una carga de niños. Además se dan frecuentes peleas cuando una mujer no quiere compartir al marido con otra mujer, volviendose enemiga de la otra. Esgrimen miedo a contagio de enfermedades sexuales así como su derecho al divorcio.
La mujerngobe que se divorcia debe salir de la casa, llevarse a los niños y volver a entrar en las dinámicas del intercambio familiar, facilitando que varios hombres sean polígamos temporalmente.
Yo insisto en preguntarles qué están haciendo. Ellas vuelven a negarse a mis preguntas. Quizá les teman a sus maridos, puede ser que lamentarse de la violencia económica y la sumisión sea una traición mayor que ponerles los cuernos.
Sin embargo, hay algo, algo: un gesto de placer, una sonrisa de bienestar, que siempre me ha sorprendido en los rostros de las mujeres enamoradas. No importa si sometidas como las ngöbe, si atrevidas como las bri bri, si religiosas como las menonitas, si acostumbradas a la obedieciencia como la mayoría de las mestizas, cuando una pareja se encuentra abrazada, las mujeres aparentan una felicidad tan grande como los hombres.
Sé que el amor romántico es una trampa, que la mayoría de las veces cuando una mujer se enamora termina pagando un alto precio por la expresión de su deseo de ser amada, y que no hay una caricia pública que perdure, no obstante, en todas las culturas americanas, originarias o transplantadas, la manifestación del cariño inicial en las parejas heterosexuales, es un acto permitido, recurrente, que revela un placer que trasciende (o incluye a todas) las construcciones de los sistemas de género
Hoy volví ver ese algo en el bus que nos llevaba de Almirante a David.
Una pareja ngöbe iba sentada detrás de nosotras, estaban abrazados: en el rostro de la mujer se leía una serenidad sin miedo, un placer de estar cerca del hombre, de fundirse en un abrazo con él que se parecía muchísimo a la cara de ensoñación de él. ¿Ese algo sólo existía porque ambos conocían las reglas de su cultura y su abrazo no las ponían en juego? A final de cuentas, toda heterosexualidad se encuentra normativizada. ¿O hay en la expresión amorosa un algo que trasciende la construcción de género?
Mejor renunciamos a investigarlo y nos tomamos otro día de vacaciones
Suscribirse a:
Entradas (Atom)













































