lunes, 9 de mayo de 2011

POR UNA PATAGONIA SIN REPRESA

Todavía con la garganta irritada, los ojos llorosos y la nariz escurriéndonos mocos, Helena y yo hemos llegado a casa después de vivenciar la más exagerada represión contra una manifestación pacífica que nos ha tocado en América Latina durante el viaje.
A las 4 de la tarde, hoy 9 de mayo de 2011, el gobierno chileno permitió a la empresa privada Hydraisen la construcción de represas en los ríos de la Patagonia. Debido a que Chile tiene una Constitución ilegal, escrita y aprobada por los militares durante la dictadura pinochetista y vigente sin modificaciones hasta la fecha, el agua que fue privatizada en 1980 no es propiedad del pueblo, sino de la empresa Hydraisen, de capital chileno e italiano, quien es propietaria de todos los ríos del país.
De tal modo el estado no pudo prohibir -ni siquiera lo intentó a pesar de tener el contra al 75% de la población y a la mayoría del congreso- que la empresa decidiera construir represas en ríos que constituyen una de las mayores reservas mundiales de agua potable y, por lo tanto, pueden ser considerados parte del patrimonio mundial.
La respuesta popular contra Hydraisen fue inmediata. Y pacífica.
Unos sesentamil jovencitos, indígenas, viejos militantes, ecologistas se congregaron en la Plaza Italia donde ya se habían alineado tanquetas, camiones de policías y esos tanques lanza-agua que aquí son comunmente llamados "guanacos" (porque como los camélidos americanos escupen). Mientras los manifestantes marchaban al grito de "Por una Patagonia sin represas", los carabineros sin mediar palabra empezaron a escupir de los guanacos agua con pimienta y poco después lanzaron bombas lacrimógenas y balas de goma. Los muchachos empezaron a correr, luego a dispersarse para, inmediatamente después, reagruparse en varias plazas. La respuesta represiva se intensificó. Helicópteros y tanques se desataron. Los muchachos se exaltaron y desafiando los chorros de agua se enfrentaron a los guanacos y los empezaron a empujar hasta que los hicieron retroceder.
Cuando las tanquetas se realinearon, volvieron a avanzar. Mientras, otros tanques iban cerrando las calles y todas las entradas a los metros. El centro de Santiago se volvió un escenario de batucadas que se improvisaban allí donde los manifestantes se reunían, y de actos represivos sobreactuados ahí donde los carabineros llegaban.

 




Mientras, ayer, en el Zócalo de la Ciudad de México, donde llegaron centenares, millares, decenas y cientos de millares de personas para pedir el fin de la absurda guerra de Calderón y el narco contra el pueblo mexicano, David Huerta, profesor de la UACM, leyó este poema:

Contra los muros / Poema de David Huerta
8 de mayo de 2011 / Zócalo de la Ciudad de México

Contra los muros se encienden los nervios,
un cuerpo avanza y otro se dobla, retrocede
con una vibración de quemadura y estallido.

Contra los muros, el impacto y la llaga,
el sudor y la lágrima, la exhalación del miedo y el velo crispado del dolor,
el frenético buscar y rebuscar del dinero,
las armas cortas y largas, la bocanada de la sombra.
Contra los muros se aprietan los miembros del cuerpo atemorizado
y bajo el cielo se alzan los remolinos y las manos se abren y las injurias
se diseminan entre la confusión y el vértigo.

Contra los muros vuelve a nacer la espiga del sueño,
luego de una larga caminata se construye
la serie luminosa de los conocimientos,
los brazos y las piernas adquieren el aspecto
de cosas duras y angustiosas, apenas esperanzadas,
las presencias y los objetos fluyen hasta los lugares sagrados:
las fuentes frescas, las luces nutritivas.

Contra los muros, el recuerdo del fuego maldito
en la carne doliente de los niños
y la silueta de una muchacha sobre el viento feroz de Samalayuca.

Contra los muros, la vida se llena de fantasmas
y la noche cierra su mano sobre la multitud. México sigue soñado
pesadillas, contra los muros, exhausto, sin aliento. Ω

La lucha contra la represión es una, en toda Nuestra América, nomás que tomas aspectos, temas, realidades distintas en los diversos países. ¡Desmilitarización ya! El agua es como el aire, la paz es un derecho.

Y una historia mapuche, la de una lonco, dirigenta nacional propia del pueblo mapuche:
 
Internacional:
«La ex presidenta de los chilenos
no es la mía, yo soy mapuche»
Mirra Banchón
*
La
lonko Juana Calfunao en una marcha pública de protesta mapuche, en Chile.
Fuente foto http://www.elciudadano.cl
Una conferencia en el
Parlamento Europeo
en Bruselas enfoca los
diversos aspectos del
problema de los
mapuche en Chile: la
historia, las tierras, las
empresas europeas, la
legislación nacional, la
indiferencia...
«Las trenzas, que las tenía largas,
fueron cortadas con cuchillo.
Mi madre fue amordazada y abusada
sexualmente por militares»,
relata Juana Calfunao, de la comunidad
mapuche Juan Paillalef. Como
lonko
pueblo mapuche, vino a una conferencia
en el Parlamento Europeo
–la primera sobre el tema- para
denunciar acoso y genocidio
contra su pueblo. «Fui atada de
pies y manos por carabineros, me
quitaron la ropa y me orinaron
encima», cuenta. ¿Qué había
hecho? «Sólo defender nuestras
tierras, el derecho a la vida»,
afirma en conversación con DW.
, autoridad ancestral del
15 años de cárcel por
desorden público
En un informe avalado por varias
organizaciones defensoras de
derechos humanos, se explica que
Calfunao y su esposo en 2005 bloquearon
un camino que cruza ilegalmente
su comunidad, usurpándoles
10.000 metros cuadrados de
terreno. En el año 1999, representantes
de intereses en los bosques
aledaños habían comenzado el
hostigamiento. «Tres veces fue
quemada mi casa, tres veces la
volví a hacer», cuenta la
Según el informe, la noche de
su encarcelamiento, Calfunao presentaba
lesiones.La investigación
contra las fuerzas policiales nunca
tuvo lugar. En los últimos seis años,
su esposo, su hijo y ella han pasado
varios períodos de encarcelamiento.
En uno de ellos se pretendía
que su marido, por otro bloqueo,
cumpliera una pena de 15 años.
«En Chile, el pueblo mapuche es
considerado como un peligro»,
cuenta Maria Railaf, forzada al exilio
con su familia a la edad de tres
años. Desde Holanda, la joven
mapuche-holandesa investiga y
difunde la causa de esta nación
indígena dentro de un Estado que,
al parecer, no losprotege. Así, la
lonko.
lonko
Michele Bachelet, como «la ex
presidenta de los chilenos; no la
mía personal, yo soy mapuche».
habla, por ejemplo, de
Aplicación de ley antiterrorista
«Por incendio se multa a un ciudadano
chileno; a un mapuche se
lo condena a diez años de cárcel.
A militares que durante la dictadura
cometieron actos de lesa
humanidad, se los ha condenado
a cuatro años», cuenta por su
parte Jimena Reyes, abogada
especializada en derechos humanos.
La ley antiterrorista, que
entró en vigor en la época de
Augusto Pinochet sigue en vigencia
–y a pesar de la insistencia
de organismos internacionalessigue
siendo aplicada. «El problema
es que en esa ley el terrorismo
está definido muy ampliamente»,
dice Reyes. En este momento, hay
147 mapuches presos; 40 de ellos
están acusados de terrorismo. 26,
en huelga de hambre.
Si bien los mapuches son una
minoría de cultura y lengua diferente,
en el fondo hay un problema
territorial. Los historiadores ven
probados los derechos a las
tierras al sur del río Biobío por
cédulas aprobadas por la corona
española al final de la época
colonial. No obstante, los enfrentamientos
de los activistas mapuches
no son por la defensa de
grandes extensiones, explica
Reyes, sino por violaciones y usurpamientos
de pequeñas parcelas
que les fueron otorgadas legalmente
en tiempos de la reforma
agraria. La dictadura pinochetista,
en parte se las quitó. Y ahora son
empresas las que se las quitan.
El precio de la ética
«Para los mapuches, el problema
es el Estado chileno», dice el
europarlamentario Oriol Junqueras,
de la bancada de Los Verdes;
añadiendo: «pero el problema son
los recursos, la lucha por los
precios energéticos». Chile, unido
a la UE por un acuerdo de asociación
tiene excelentes relaciones
comerciales con el bloque
europeo. Y aunque siempre se
vuelve a insistir en que tales
acuerdos tienen también un
aspecto de diálogo político –en
donde hay un capítulo de derechos
humanos-, cuando se trata
de defender intereses, dice
Junqueras, «la Unión Europea no
es especialmente ética. Pero los
hay peores, China por ejemplo.
Con los precios energéticos al
alza, la competencia es dura. Y
entonces el precio de la ética es
insoportable».
¿Quiere decir esto que no hay
nada que hacer? No. «La Unión
Europea puede hacer mucho,
porque es el primer mercado
consumidor del mundo, con más
de 500 millones de consumidores;
por tanto tiene una capacidad de
negociación extraordinaria con
cualquier otro agente económico
internacional. Otra cuestión es
que la UE quiera aprovechar esta
fuerza que tiene», dice el
parlamentario a DW.
Una carta de
europarlamentarios
Con todo, por la penúltima huelga
de hambre de los mapuches en
septiembre de 2010, en una carta
abierta al presidente Sebastián
Piñera y a la representación de Chile
ante la UE, un grupo de parlamentarios
europeos de diferentes fracciones
pedían que no se considere
como terroristas a personas que
han participado en la protesta
social, que se reforme la ley
antiterrorista, que se desmilitaricen
las regiones mapuches, que se les
de acceso a la justicia ordinaria.
Pero la reforma se hace esperar
y los juicios a los mapuches, así
Reyes, se siguen haciendo con
testigos sin rostro, sin pruebas.
Y otra vez, ¿qué puede hacer la
UE? La
«que no envíe a sus empresas a
dañar nuestras tierras, nuestra
vida». A la misma pregunta, los
activistas por derechos humanos
responden: enfocar el problema,
ponerlo a discusión en las
instancias de diálogo político,
enviar observadores para que los
mapuches tengan, si no tierras,
por lo menos juicios justos.
lonko mapuche responde:
* La autoría del presente artículo es de Mirra
Banchón, con la edición de Enrique López.
Agradecemos a Valeriano Dinamarca el envío
del mismo, que corresponde a una entrevista
de DW-WORLD de Alemania

domingo, 8 de mayo de 2011

UN DOMINGO POR LA MAÑANA EN SANTIAGO

La casa es la de Ignacio y Rocío, arriba de la montaña, el otoño rojo y amarillo alrededor. Sus dos hijos son domingueros: uno ya está en la bici, la otra está en la cama frente a la tele. Despierto de un sueño divertidísimo, perverso: pienso en Meli y cómo se enojaría si se lo contara. Peor: si le dijera que me ha encantado.
Agarro la pluma, el lápiz. Y empiezo a escribir.
Cuento dominguero después de una semana de entrevistas frustradas, citas que saltan, paseos por un Santiago plano.

amor que a nadie amado

- ¿Qué es eso?
- Eso es mi hija, papá, te guste o no te guste.
Y eso fueron las únicas frases que intercambiaron el príncipe della Colonna Giberti y su hija cuando ella volvió repentinamente de Londres. Acto seguido su hija fue a vivir en una de las vecindades que su familia regenteaba desde el siglo XVIII en el barrio que estaba dejando de ser guarida de siervos fugados y malandrines urbanos, ese Trastevere donde ya algunos americanos llegaban para filmar sus películas sobre los italianos.
Esa hija creció extraordinariamente bella, con el apellido más sofisticado de Roma y sin un centavo. Sus largos músculos se formaron trotando cada día en el jardín botánico, sus ideas en la trastienda de Remo, el farmacéutico que la invitaba a hacer las tareas con sus hijas porque le gustaba su aspecto exótico y su carácter en las noches en que evitaba a los amigos borrachos de su madre para poder encerrarse en su cuarto y dormir.
Así llegó Martina della Colonna Giberti sin padre, sin ideología y con once años de escuela a cuestas a la noche en que la policía llamó a la puerta de la casa. Su madre había muerto por inhalar cristales puros de heroína en polvo, al confundirla con un pase de coca. 
El abuelo al día después intentó adoptarla y ella lo mandó a la chingada. Entonces fue enviada al más caro internado de monjas, del que no salió al cumplir los 18 años sino siete meses después, cuando terminó la escuela con honores. Martina había aprendido a no desperdiciar lo que le convenía. Su barrio se había vuelto un sitio de moda e hizo que el abuelo le escriturara el departamento a su nombre. Luego tomó un avión a Londres y fue con los dos amigos de su madre que podían saber quién era su padre. Ambos la pasearon por restaurantes, le regalaron un sombrero y sorpresivamente dijeron que las malas lenguas decían que era un pintor mexicano de paso por Londres rumbo a Lyon, donde residía la musa que le había robado el sueño.
Martina della Colonna Giberti se encontró con un país donde tener dos apellidos era normal y donde también era normal no tener padres. La guerra entre un gobierno débil y unos fortísimos cárteles de la droga no sólo estaba arrojando 40 mil muertos y 25 mil desparecidos a las estadísticas nacionales, sino también 100 mil huérfanos de un bando y otro. 
De su padre no encontró pistas que le agradaran. México era el país de los pintores, pero algunos eran tan feos que se dijo que no podían ser su padre y del que amó a primera vista porque tenía su mismo color cobrizo se enteró que nunca había viajado. También descubrió que hubo uno cuya historia calzaba a la perfección con el chisme que le contaron  en Londres, pero se había muerto dos meses antes en un estúpido accidente. Lo adoptó a medias y pasó seis meses encantadores en la bohemia anacrónica de la ciudad que se pretendía la más grande del mundo. Luego se preguntó si era tiempo de volver a Londres o a Roma.
Fue a Oaxaca, mientras tomaba la decisión. Trabajó de mesera en un restaurante, estudió grabado con un pintor zapoteca, perdió la virginidad con un músico y engordó cuatro kilos desayunando todos los días en el mercado. Cuando se hartó, por impulso, siguió rumbo al sur.
Cruzó la sangrienta frontera con Guatemala y la selva arrasada de ese país, se enamoró de un médico garífuna en Honduras y descubrió que no tenía temple para involucrarse en la resistencia empecinada de un pueblo de muertos de hambre contra una dictadura de explotadores. En Costa Rica se enteró que su abuelo había muerto. Aunque ella era su única heredera, el príncipe se la había arreglado para dejarle lo mínimo legal. Palacios, cuentas, tierras y castillos pasaron a manos de una congregación católica.
Martina se encogió de hombros. Había visto al abuelo cinco veces en su vida y ninguna fue agradable. Su madre evitaba hablarle de él. La pensión que le dejó era poca cosa para un millonario, pero equivalía a infinitamente más de lo que ganaba con sus trabajos. Viajó otro poquito y volvió a Roma.
En realidad las aventuras de Martina podrían haberse terminado con esa decisión. Se inscribió en la Universidad de Tor Vergara, terminó la licenciatura corta y se siguió con la larga, engrosó al final las filas de los desempleados.  No miraba la televisión por las noches, eso era lo único que la hacía diferente del grueso de los italianos. Por lo demás estaba deprimida, se consolaba comprándose ropa y cuando le daban ataques de ansiedad pasaba por el médico que le recetaba una serie de análisis que la mantenían ocupada durante tres semanas. Llegó, sin embargo, a los 28 años con su belleza intacta.
O bellísima la vio Diego Ceballos Cerda cuando al ser arrastrado por Santa María in Trastevere a las 8 de la madrugada la miró cruzar la plaza con su ondulado pelo negro sobre los hombros desnudos, el talle fino, las piernas longuísimas y su andar de pantera. Ella no se fijó en él, no era más que uno de los niños que se resistían a ser llevados a la escuela.
Nadie cree en la fuerza de la pasión infantil, pero los hijos de embajadores no tienen otra. Nómadas de una clase aburrida,  se enamoran o ni siquiera llegan a tener recuerdos. Por la tarde Diego Cevallos Cerda volvió a divisar a Martina. Para buscarla, dos días después se escapó de la clase de natación por la ventanuca del baño. Y luego de la de piano. Finalmente logró escabullirse de la de catequesis, que se fuera a la verga la primera comunión: la mujer de sus sueños estaba en la plaza y hablaba nada menos que con su mamá. Cuando le tocó la mano se electrizó, cuando ella le estampó un beso sonoro en la mejilla sintió que del estómago una descarga eléctrica le atravesó dolorosamente la entrepierna.
- Que ella me dé clases de pintura, pidió y le fue concedido.
Martina, primero a regañadientes, luego con más entusiasmo, empezó a subir por vía Garibaldi hasta el adusto palacio cuyas ventanas daban a los jardines de la escuela española. Y sus días cambiaron para siempre.
Con Diego tres veces por semana pintaron. Y también jugaron y, ya que se venía el verano, obtuvieron el permiso de salir por un helado y caminar en el tibio anochecer romano. El día en que ella se aprestaba a explicarle cómo fundir la cola en una hornilla para amalgamar los pigmentos, Diego Cevallos Cerda le besó el cuello y empezó a jadear.
- ¿Qué te pasa?, le preguntó Martina.
- Te amo.
No hizo caso de la respuesta, pues era inconcebible. Pero no por ello menos placentera. Día tras día, Martina dejó que Diego la besara, luego permitió que la desvistiera, y finalmente que la acariciara con su cuerpecito desnudo.
Llegaron las vacaciones de verano, tres meses de libertad. Martina fue invitada a México por insistencia del niño. Paseó por segunda vez por los barrios agitados y decadentes de la ciudad, bebió más mezcal que diez años antes y no dejó de dormir con el niño que la esperaba de regreso de sus andanzas con una sarta de reclamos todas las noches.
Fue de regreso al opresivo invierno romano, cuando Diego iba a cumplir 10 años que la directora de la escuela puso sobre aviso a su mamá.
- Algo angustia demasiado a Diego.
Entonces, una tarde, la embajadora entró al estudio de pintura que había mandado construir en la buhardilla. Vio a Martina echada en el sofá y a su hijo en lágrimas pidiéndole amor mientras la besaba. Lanzó un grito al cielo, llamó a los carabineros, contrató a tres diferentes psiquiatras. Lo que nunca imaginó la educadísima funcionaria es que a la pintora pedófila en Europa el apellido altisonante heredado del abuelo la defendería de la justicia y que su hijo jamás se retractaría de decir que amaba a su maestra y que ella había respetado su voluntad. Volvió a México y dejó el servicio exterior.
Diez años después, Diego era mayor de edad y heredero de su propio abuelo. Tomó un avión para Roma. Martina no se había vuelto una pintora famosa, seguía viviendo en la misma casa y no se sorprendió de ver llegar a su puerta al niño ahora joven. Se fueron de viaje a Kenia.
El departamento de Trastevere sigue vacío, uno de los psiquiatras contratados por la embajadora mexicana publicó un libro que lo volvió famoso: Verdades acerca del enamoramiento infantil. Diego y Martina, me dijeron después, tuvieron tres hijos y nunca corrieron a la nana que nomás al llegar a su casa llamó abuela a la madre por equivocación. 

sábado, 7 de mayo de 2011

Después de cambiantes y fuertes experiencias se retoma el viaje. Chile en Otoño!

 Y esto sigue...























 Un otoño chileno.



 ¡Un metro como europeo!





 Cara otoñal.




 El día de las madre es igual en todo el mundo...

 Chocolate!